EL CABALLERO WIESENTHAL

Como creo que cualquier opinión que llegare a sustentarse sobre "El snobismo de las golondrinas" donde no se califique a la obra de auténtica joya, de maravilla, incurriría en una falta de sensibilidad -e, incluso, de criterio- imperdonables, me caben dudas a la hora de ofrecer estas líneas en el concepto de crítica literaria. Ya lo ven, en mi juicio sobre el libro no tienen hueco alguno las pegas, ni un pequeñito pero se me ocurre oponerle a su texto, y... con esas premisas... ¿cómo atribuirnos la condición de críticos sin despertar en los que nos lean sospechas de entreguismo o capricho?.

Pero bástese que el libro sea buenísimo y, a mi juicio, suponga un reto poco menos que imposible encontrar a lo largo de sus más de mil páginas la menor flaqueza -ni argumental ni tampoco estilística- que opaque su valía, para que, precisamente por eso, me apetezca a mi hablar de él. Considerémosles entonces, si así lo preferimos, una especie de evocación, de spleen, a mis palabras. Que sean escuchadas estas como una modesta coda a lo que allí aparece escrito. Unos acordes -no demasiado desafortunados, espero- que consigan, siquiera.. borrosamente.. vagamente.. evocar los arpegios de la grande orchestre. ¡Voila!.

Mauricio Wiesenthal se amiga con su memoria, al calor del vino, al color del vuelo de las golondrinas, serenamente envuelto en sus recuerdos como en una capa (de la que sus apuntes, sus notas, sus bosquejos del ayer componen el embozo) y nos adentra, con una de sus manos de hombre sabio abarcándonos los hombros en los que acostumbra a encaramarse la rutina, en un viaje apasionante por la Europa de ayer. La Europa que él amó y continua, esperemos que sea por muchos siglos, amando. Sus hombres, sus gestas, sus indignidades y sobre todo, y ante todo, las ciudades opulentas y únicas que aquellos habitaron y en las que tuvieron lugar los hechos de sus vidas.

Un viaje por Europa, sin prisas y sin atajos. Deleitándonos con el paisaje y con las ocurrencias de los compañeros de vagón. También con el tren mismo, ¡claro!. Y en la tarea de ser cicerone nuestro por ese periplo inolvidable, Mauricio nos brinda un texto ágil, vibrante, soñador, que casi siempre es música y sólo, en las contadas excepciones en las que decide disociarse del tono -el traquetreo del tren, un desengaño, una digestión pesada- poesía; una poesía aromática y perdida. Solícita. Frutal.

Hablándonos del café Procope, de París, Wiesenthal nos apercibe:

"A veces me apoderaba de alguna de aquellas muchachas solitarias del Procope y -después de quitarle las medias de colores- la metía en mis páginas, convertida en marquesa, en esposa infiel de un magistrado o en reina del Molin Rouge. Pero algunos días venía a buscarlas un señor rico y se las llevaba de las páginas de mi cuento, antes de que yo consiguiera rescatarlas de sus tristezas. Las sustituía entonces por los árboles desnudos del invierno de París. Quedaba más afinado el cuento al cambiar algunos abrigos de pieles por el frío vivo y claro de las orillas del Sena".

y nosotros volvemos a saber, y esta vez eso va a ocurrirnos ya de manera incontestable, que todo a nuestro alrededor es maravilla, y si nos los proponemos hasta fantasía, y vamos a ser conscientes de que aunque un señor orondo y perfumado se cuele en nuestra vida con las manos repletas de brillantes para arrebatarnos a nuestras princesas favoritas, siempre nos quedaran los árboles del otoño desnudos de hojas para que nuestro amor no se nos pudra por entre las vísceras. ¡Maravillosos árboles que son capaces de suplantar, con su sinceridad y su finura, hasta a la más hermosa de entre todas ellas!. ¡Maravillosas ciudades: París, Londres, Sevilla, Estocolmo, Viena... que guarecen entre sus calles, sus plazas, en sus rotondas de edificaciones hermosísimas, a unos y otras!.

Unas pocas líneas antes, y tras revelarnos que su evocación de las mujeres del Procope proviene de sus primeros años de escritor, el autor nos ha confiado:

"Era la primera hora de mi literatura y ya escribía a golpes de corazón y con un desinterés absoluto por todas las modas, buscando mis palabras en el tesoro de la lengua española, acumulando gerundios y esdrújulas, oraciones subordinadas y aposiciones, sonantes y consonantes, silencios, puntos suspensivos y frases largas, buscando sólo el aliento de mi alma, el calor de mi inspiración y la luz de mis pensamientos. Escribir es como viajar: no dejar nunca que la frase principal te haga olvidar la importancia de las frases subordinadas".

y así ha seguido, ha continuado él, a lo largo de toda su vida literaria, para regalarnos ahora este libro que es testimonio cabal, y cumplido, de su indiscutible exclusividad, de su destreza no afectada, de su dominio exhaustivo del idioma, de su sinceridad, de su improvisación genial, y de su nomadismo semántico. De su cosmopolitismo. De su erudición. De su estilo. De su clase. Porque en el caso de Mauricio Wiesenthal concurre la redundancia de que el estilo es la clase.

Confiemos, aunque casi seguro estoy de que eso a él no le habrá de importar demasiado, que a nuestro compatriota le llegue la hora del reconocimiento oficial -que del otro hay sobradas muestras en el libro de haberlo disfrutado ya a raudales- e, incluso, del éxito. Porque eso será señal de que por una vez, en el país de su lengua materna, que ahora habita, se hace justicia con los mejores. Mas, si acaso ello no ocurriera, lo que no es descabellado presumir, me tomo el atrevimiento de sumarme a quienes, conociéndolo, lo han amado, lo aman, a él y a su literatura, con estas letras que redacté tiempo ha:

"El aura de un héroe errabundo, junto a los objetos que utilizas,
se demora, a veces,
para que repares en lo que ellos representan para ti.
Algunos gozan de la virtud de ennoblecer tus actos".

No me cabe la menor duda de que el "Snobismo de las golondrinas" -de ese viajero: dandy y vagabundo, rico y pobre, vago y emprendedor, jamás desdeñoso, que es el héroe Mauricio Wiesenthal- atesora los atributos necesarios para permitirnos ser, después de su lectura, más felices y, consiguientemente, un poquito mejores, también. ¡Enhorabuena maestro!.